jueves, 3 de diciembre de 2015

E TI, QUE PINTAS?

Un conto sobre Vincent van Gogh.

LAURENCE ANHOLT


DONDE vivía Camille, los girasoles crecían tan altos que parecían soles de verdad: todo un campo de soles ardientes y amarillos.
Todos los días después del colegio Camille atravesaba el campo de girasoles para encontrase con su padre, que era cartero. Juntos descargaban las pesadas sacas de cartas.

Un día llegó un hombre extraño al pueblo de Camille. Tenía un sombrero de paja, barba amarilla y unos ojos pardos y vivarachos.
—Soy Vincent, el pintor -dijo, sonriendo a Camille.


Vincent fue a vivir a la casa de color amarillo al final de la calle de Camille.
No tenía ni dinero ni amigos.
—Intentemos ayudarle -dijo el padre de Camille.
Y cargaron la carretilla del correo con cazos, ollas y muebles para la casa de color amarillo.
Camille cogió un gran ramo de girasoles para el pintor y los puso en un gran jarro de color marrón.
Vincent estaba muy contento de tener dos buenos amigos.
Vincent le preguntó al padre de Camille si le agradaría que le hiciera un retrato, vestido con su mejor uniforme de color azul.
—Debes quedarte muy quieto -dijo Vincent.
 Camille lo observaba todo. Le encantaban los colores brillantes que usaba Vincent y el olor intenso de la pintura.

Vio la cara de su padre aparecer en la tela como por arte de magia.
El retrato era extraño pero muy bello.

Vincent dijo que le gustaría retratar a toda la familia:
A la madre de Camille, a su hermano mayor y a su hermana pequeña...y, finalmente, al mismo Camille.
Camille estaba muy emocionado: ni siquiera le habían sacado una fotografía con una cámara.
Camille llevó su retrato al colegio. Quería que todos lo vieran. Pero a los otros niños no les gustó el retrato. Todos se rieron.
Esto hizo que Camille se sintiera muy triste.
Después de clase, algunos de los niños mayores comenzaron a burlarse de Vincent.
Corrían detrás de él cuando salía a pintar. Hasta los mayores se unieron a la burla.
—Es hora de que consiga un trabajo serio -dijeron-, en lugar de pasarse el día jugando con las pinturas.
Camille pasaba las horas viendo cómo pintaba Vincent. Hacía mucho calor, pero Vincent trabajaba
con rapidez. Pintaba los campos de girasoles e incluso el mismísimo sol.
"Es el Hombre de los Girasoles" se dijo Camille.


Pero a pesar de lo mucho que Vincent trabajaba, nunca lograba vender ningún cuadro.
—Si yo tuviera mucho dinero -dijo Camille —me gustaría comprarlos todos.
—Gracias amigo -dijo Vincent, riendo.
Una tarde, cuando Camille y Vincent regresaban de los campos, algunos de los niños del colegio de Camille los esperaban.
Le gritaron a Vincent y le tiraron piedras.
Camille quiso detenerlos, pero ¿qué podía hacer? Sólo era un niño pequeño. Al final se volvió a casa llorando.

—Escucha, Camille -dijo su padre-, la gente suele reírse de las cosas diferentes, pero tengo la sensación de que un día aprenderán a amar los cuadros de Vincent.

Esa noche Camille tuvo un sueño extraño. Vio a Vincent de pie bajo la luz de la luna en las alturas que miraban al pueblo.



Vincent había pegado unas velas en su sombrero para poder ver.
¡El Hombre de los Girasoles estaba pintando las estrellas!

A la mañana siguiente, temprano, unos golpes fuertes en la puerta despertaron a Camille.
Algunos hombres del pueblo habían venido a ver a su padre.
—Oye, Cartero -dijeron-, queremos que entregues esta carta a tu amigo. Pone que debe empaquetar sus pinturas y abandonar nuestra ciudad.
Camille se escabulló por la puerta trasera. Corrió calle abajo hasta la casa de color amarillo.

El interior parecía muy silencioso.
Entonces Camille vio los girasoles que había cogido para Vincent: todos estaban secos y muertos. Camille se sintió más apenado que nunca.

Vincent estaba en el piso superior, haciendo las maletas. Parecía muy cansado, pero le sonrió a Camille.
—No te pongas triste -dijo-. Ha llegado el momento de que pinte en otro sitio. Tal vez allí les gusten mis cuadros.
Pero primero quiero enseñarte una cosa...

Vincent cogió un cuadro grande. ¡Eran los girasoles de Camille, más grandes y brillantes que nunca!
Camille miró el cuadro. Y también sonrió.
—Adiós, Hombre de los Girasoles -susurró, al salir corriendo de la casa de color amarillo a la luz del sol.

El padre de Camille tenía razón. Finalmente, la gente aprendió a amar los cuadros de Vincent. Hoy haría falta mucho dinero para comprar uno. Pero ahora la gente de todo el mundo va a los museos y a las galerías de arte sólo para ver los cuadros de La Casa Amarilla, de Camille y su familia y, especialmente, el cuadro de Los Girasoles: tan brillantes y amarillos que parecen soles de verdad.

E así foi como se pintou o fermoso cadro "Os xirasois" de Vincent van Gogh.



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